jueves, 10 de julio de 2014

Compromiso.

"Es curioso. No se me había pasado nunca por la cabeza. hasta hoy eran historias de princesas con un infinito de final. Pero ahora forma parte de mi día a día. De mi realidad. Porque esto no es un sueño. Puede ser más o menos duradero, pero es real. Algún día leeré la última página, puede que coloque este libro en la estantería y allí lo olvide, puede incluso que algún día lo regale...
Puede.
 Un día, una página.
No quiero que termine, no sé cuanto me falta para acabarlo. No quiero saberlo."

La probabilidad hizo que esta última palabra se derritiera al contacto con el agua.
No tenía porque llorar. Era feliz. No era una afirmación, era una imposición, era orgullo, era engaño. Al fin y al cabo era de todo menos felicidad.
Ella no lo sabía y le ponía el mismo nombre. El que debía ser, no el que era.

Lloraba.

Tenía que ser feliz. No lo era.

Eran lágrimas de dolor, de frustración, de olvido, de perdón y sobretodo de autocompasión. Lágrimas de conocida ignoracia.

Cerró el cuaderno.
Se sentó en la cama abrazada a uno de los peluches que le había regalado en su tercer mes de relación.
Se torturaba.
 Se ataba a su dolor.


Culpando a la comida de mala calidad se quedó tres días en cama. La medicina de la atención surtió efecto  y su infundada felicidad volvió a crecer. Aguantó así hasta que conoció a alguien que le presentó  el cariño mutuo, sin prejuicios, ni compromiso, ni orgullo.
Sólo ellos dos.
Era feliz. No lo sabía. Lo sentía.








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