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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Dirección

Y, ¿qué decirte? Que necesito hablarte de la nada que me rodea.
Me duele algo que no tengo. Y ni una brújula es capaz de decirme hacia donde voy.
Intento seguir como si nada sucediera.
Igual que siempre pero cambiándolo todo.
Parece mentira que el cansancio te dé ganas de correr. Pero, ¿qué hacer?
Si tu sonrisa ya no es suficiente para tranquilizarme y tus te quiero me saben a un chupito una noche de un sábado
Me llena el vacío más inmenso. Y no veas como duele.
Parece mentira que te esté contando esto a ti, que me diste lo que lloro ahora.
Así que perdóname.
Olvida lo que he escrito y también lo que has leído.


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domingo, 2 de octubre de 2016

Nada


Nada.  
Eso es todo lo que siento ahora. Y es genial, porque no duele. Si cierro los ojos, sí. Por eso ya no duermo, para que no duela. Simplemente estoy y ,aunque parezca que no, ya es un gran esfuerzo para mí, dada la situación. 
Supongo que llegará el día  en que respire de manera automática y no tenga que pensar todo el rato en que tengo que hacerlo. El día en que no tenga la mente en blanco y el estómago a punta de pistola. Que no se me ocurra intentar pensar en algo. Mejor así, vacía, más seguro. No lo soportaría otra vez, ¿para qué? No guardo la esperanza de volver a sentir alegría o tristeza o algo. No quiero volver. Así se está  bien, supongo. El resto lo llaman cansancio y es una justificación  perfecta: sin expresión, con la mirada perdida, cuando ya nada te llama la atención, nada te sorprende y no esperas nada de nada ni de nadie. Pero también te rodea una gran tranquilidad. Y no necesitas nada más. 
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domingo, 10 de julio de 2016

Inopia.

Eran las siete. Había llegado a las dos y media a casa. Llegó feliz. Móvil en una mano y pitillo en otra. El primero, casi sin carga, el segundo, con apenas dos caladas, consumido hasta el filtro. Dos alegrías. Una conocida, la otra no. Contrapuestas. Se deslumbran.


Felicidad.


Hora de comer. Restos de sonrisa en el rostro. Sólo una perduraba. La otra se convirtió en costumbre, sin alegría.
Su felicidad se bordaba en aquella pantalla. Podrían estar en otro continente. Sus ganas de vivir estaban ahí. Aquel símbolo de un mensaje podía cambiarle el día en milésimas de segundo.


Palabras. Sólo palabras.


Eran las siete.


Llevaba toda la tarde en un mundo onírico, sonámbulo. Un mundo insomne. No podía ni quería salir. Entre calada y calada, una sonrisa. Cuando se apaga la sonrisa, se encendía el cigarro. Y viceversa. Las agujas siguieron su ritmo. Dieron las diez. El sueño y el cansancio no pudieron con su alegría. Un “duerme bien, mi niña” apagó el día para encender otro, como si de sus pitillos se tratase.


Pasaron años que a Sandra le parecieron muchos más de los que realmente fueron.


Y al final su sonrisa se consumió.

Los mensajes que él le enviaba estaban oscurecidos por una sombra que olía a Chanel.


Cuando aquella sombra desapareció, sus mensajes ya no tenían respuesta.















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sábado, 9 de julio de 2016

Etérea

No podía hablar.
Tampoco tenía porqué hacerlo.
Miraba por la ventana, pero no veía lo que había tras el cristal. No sabía cuánto tiempo estaría así, y desconocía cuánto llevaba. Estaba rodeada de toda clase de objetos, regalos sin abrir, libros, ropa... Pero le inundaba una gran soledad y sólo veía aquello que no tenía.

Bajó a la calle a pasear sus sueños.

La calle estaba repleta, pero ella no veía a la gente que la llenaba.
Hacía frío y ella no lo sentía. Caminaba segura hacia un destino incierto y nadie podría jamás conocer sus pensamientos
Vivía en ellos, eran su hogar.
Podría mirar sin ver, andar sin rumbo aparente que ellos estarían ahí.
Junto a ella.

No la abandonarían.

Jamás.

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